Cuando se habla de peso corporal y salud, dos términos aparecen con frecuencia y casi siempre juntos: sobrepeso y obesidad. Aunque están relacionados y comparten algunos factores de riesgo, no son lo mismo.
Considerarlos sinónimos puede generar confusión tanto al interpretar el propio estado de salud como al tomar decisiones sobre el cuidado y el tratamiento.
La distinción comienza por una medida ampliamente utilizada en medicina y salud pública, el Índice de Masa Corporal, o IMC. Se calcula dividiendo el peso de una persona en kilogramos por el cuadrado de su estatura en metros. Fácil de calcular y de aplicar a gran escala, el IMC no es una medida perfecta, pero sirve como punto de partida para clasificar el estado nutricional de los adultos.
¿Qué dicen los números?
Según la Organización Mundial de la Salud, un adulto con IMC entre 25 y 29,9 se clasifica con sobrepeso. La obesidad comienza a partir de 30 y se divide en tres grados según la gravedad:
Esta clasificación tiene valor epidemiológico, es decir, ayuda a entender poblaciones enteras y a planificar políticas de salud pública.
A nivel individual, sin embargo, el IMC debe interpretarse con cuidado, ya que una persona con mucha masa muscular puede tener un IMC elevado sin acumulación excesiva de grasa, mientras que alguien con IMC dentro del rango normal puede tener una proporción desfavorable de grasa visceral.
La evaluación completa de la composición corporal requiere otros parámetros, como la circunferencia abdominal, el porcentaje de grasa y exámenes de laboratorio.
¿Cuándo el sobrepeso es preocupante?
El sobrepeso representa un estado intermedio. Desde el punto de vista clínico, no toda persona con sobrepeso está en riesgo inmediato de desarrollar enfermedades graves, especialmente si mantiene hábitos saludables, no presenta alteraciones metabólicas y tiene una distribución de grasa más periférica, como en las caderas y los muslos, en lugar de en la región abdominal.
Aun así, el sobrepeso no debe ignorarse. Eleva el riesgo de progresar hacia la obesidad y está asociado, en distintos grados, con el aumento de la presión arterial, el inicio de resistencia a la insulina y alteraciones en el perfil lipídico.
Además, la presencia de estas condiciones cambia de forma significativa el significado clínico del sobrepeso.
La obesidad como enfermedad crónica
La obesidad es reconocida por la OMS y por las principales sociedades médicas del mundo como una enfermedad crónica y compleja. Esto significa que no resulta únicamente de elecciones individuales o falta de disciplina, sino que involucra una combinación de factores genéticos, hormonales, ambientales, psicosociales y conductuales.
Desde el punto de vista metabólico, el tejido adiposo en exceso produce sustancias inflamatorias llamadas adipocinas, que interfieren en el funcionamiento de varios órganos y sistemas.
Por eso, la obesidad está asociada a un amplio espectro de condiciones, entre ellas:
Enfermedades cardiovasculares
Apnea del sueño,
Algunos tipos de cáncer
Enfermedades articulares
Cuanto mayor es el grado de obesidad, mayor tiende a ser la carga sobre el organismo. La obesidad grado III, por ejemplo, reduce significativamente la esperanza de vida y compromete la calidad de vida de forma considerable.
¿Por qué la distinción tiene consecuencias prácticas?
Diferenciar el sobrepeso de la obesidad no es solo una cuestión de nomenclatura. Esta distinción orienta el tipo y la intensidad de las intervenciones indicadas.
Para el sobrepeso y la obesidad grado I sin comorbilidades, los cambios en el estilo de vida, con ajustes en la alimentación y aumento de la actividad física, suelen ser suficientes y eficaces.
En los casos de obesidad grado II y III o cuando hay enfermedades asociadas, el abordaje debe ser más estructurado. Puede incluir seguimiento multiprofesional, uso de medicamentos y, en casos seleccionados, cirugía bariátrica.
Tratar la obesidad como si fuera solo un poco de sobrepeso puede llevar a retrasar intervenciones que serían clínicamente necesarias.
