La obesidad es una de las enfermedades más frecuentes y, al mismo tiempo, una de las más incomprendidas de la actualidad. Durante décadas fue considerada un problema de comportamiento o incluso una cuestión estética. Sin embargo, el conocimiento científico ha cambiado esa visión. Hoy, la obesidad es reconocida como una enfermedad crónica por la Organización Mundial de la Salud y por las principales sociedades médicas del mundo.
Comprender lo que esto significa cambia por completo la manera en que entendemos esta condición. No se trata simplemente de tener unos kilos de más, sino de una serie de alteraciones profundas que afectan el funcionamiento del organismo. Estas alteraciones involucran hormonas, metabolismo, células e incluso el sistema nervioso central.
Se trata de una enfermedad que suele desarrollarse de forma silenciosa, con bases biológicas bien establecidas y que puede controlarse con el tratamiento adecuado.
Cuando se comprende en toda su dimensión, la obesidad deja de verse como un motivo de juicio o de culpa personal y pasa a tratarse como lo que realmente es: una enfermedad crónica con mecanismos biológicos propios que requiere atención médica, seguimiento y, sobre todo, empatía.
¿Qué es la obesidad?
Cuando se habla de obesidad, muchas personas piensan de inmediato en "tener sobrepeso". Sin embargo, esa idea es simplista e incompleta.
La obesidad no consiste únicamente en un exceso de grasa corporal. Es una enfermedad caracterizada por alteraciones metabólicas y fisiológicas que afectan el funcionamiento de todo el organismo. El tejido adiposo aumenta de forma anormal y termina interfiriendo en la regulación hormonal, el metabolismo energético, los procesos inflamatorios e incluso el funcionamiento del sistema nervioso central.
Además, es importante entender que la obesidad tiene un origen multifactorial. En su desarrollo intervienen factores genéticos, ambientales, psicológicos, socioeconómicos y hormonales, que interactúan entre sí de formas complejas.
Por ese motivo, reducir la obesidad a "comer demasiado" o a una supuesta "falta de fuerza de voluntad" no solo es científicamente incorrecto, sino también injusto para quienes viven con esta enfermedad.
¿Qué ocurre con las células grasas cuando aumentamos de peso?
Para comprender por qué la obesidad es una enfermedad crónica, primero es necesario conocer qué sucede con los adipocitos, las células encargadas de almacenar grasa en el organismo.
A medida que una persona gana peso de forma significativa, ocurren dos procesos al mismo tiempo en el tejido adiposo:
Las células grasas ya existentes acumulan más lípidos y aumentan de tamaño.
Al mismo tiempo, aumenta el número total de adipocitos, ya que el organismo crea nuevas células para almacenar el exceso de energía.
En otras palabras, el aumento de peso no ocurre únicamente porque las células grasas se agrandan. También se produce un incremento real en la cantidad de células adiposas presentes en el organismo, y este es uno de los aspectos más importantes para entender la obesidad.
¿Qué ocurre con las células grasas cuando una persona pierde peso?
Este es uno de los principales motivos por los que la obesidad se considera una enfermedad crónica. Cuando una persona con obesidad adelgaza, las células adiposas pierden progresivamente la grasa que almacenaban. Lo que cambia es su tamaño, no su cantidad.
En otras palabras, el número de adipocitos permanece prácticamente igual. Estas células siguen presentes como si fueran depósitos vacíos, preparados para volver a almacenar grasa cuando el organismo recibe un exceso de energía.
Esto ayuda a explicar por qué recuperar el peso perdido suele ser tan frecuente después de un proceso de adelgazamiento. La estructura biológica que favorece el almacenamiento de grasa continúa presente.
No se trata simplemente de falta de compromiso o de descuido. Existe una respuesta biológica real en la que el propio organismo pone en marcha mecanismos para recuperar el peso perdido.
Por este motivo, cada vez más profesionales de la salud evitan utilizar el término "exobeso". Una persona que tuvo obesidad y logró perder peso sigue teniendo características biológicas diferentes de alguien que nunca desarrolló la enfermedad, como un mayor número de células adiposas, alteraciones hormonales persistentes y un metabolismo que, con el tiempo, se ha adaptado para favorecer el ahorro de energía y el almacenamiento de grasa.
¿Por qué la obesidad es una enfermedad crónica y no un problema de comportamiento?
Una enfermedad se considera crónica cuando persiste durante largos períodos y no tiene una cura definitiva, aunque puede mantenerse bajo control con el tratamiento adecuado. La hipertensión arterial y la diabetes son dos ejemplos bien conocidos, y la obesidad cumple con esa misma definición.
Una vez establecida, produce cambios duraderos en la biología del organismo a distintos niveles.
Las hormonas que regulan el apetito se alteran, lo que dificulta la sensación de saciedad.
El metabolismo se adapta para gastar menos energía, haciendo que perder peso resulte cada vez más difícil.
Las células adiposas permanecen en mayor cantidad, favoreciendo la recuperación del peso incluso después de un adelgazamiento exitoso.
Todo esto demuestra que el tratamiento de la obesidad va mucho más allá de seguir una dieta o hacer ejercicio de forma aislada.
Con un seguimiento médico adecuado, cambios sostenibles en el estilo de vida y, cuando está indicado, medicamentos o cirugía bariátrica, es posible controlar la enfermedad, reducir el riesgo de complicaciones y mejorar significativamente la calidad de vida.
¿Cómo se clasifica la obesidad según el IMC?
El índice de masa corporal (IMC) es la herramienta más utilizada para clasificar el peso corporal de forma estandarizada. Se calcula dividiendo el peso, expresado en kilogramos, entre el cuadrado de la estatura, medida en metros.
Aunque tiene limitaciones, como no diferenciar entre masa muscular y grasa corporal, sigue siendo un método ampliamente utilizado por su sencillez y utilidad en la práctica clínica.
De acuerdo con el IMC:
El sobrepeso corresponde a un IMC entre 25 y 29,9 y ya se asocia con un mayor riesgo de diversas enfermedades.
La obesidad de grado 1 corresponde a un IMC entre 30 y 34,9 y se asocia con un riesgo moderado de complicaciones.
La obesidad de grado 2 comprende un IMC entre 35 y 39,9 y se relaciona con un riesgo elevado.
La obesidad de grado 3, también conocida como obesidad grave, se define por un IMC igual o superior a 40 y se asocia con un riesgo muy alto de complicaciones.
Es importante recordar que el IMC representa solo un punto de partida para el diagnóstico. Una evaluación completa también debe considerar la distribución de la grasa corporal, especialmente la grasa abdominal, la presencia de enfermedades asociadas y otros hallazgos clínicos y de laboratorio.
Por ello, la valoración por parte de un profesional de la salud es fundamental para establecer un diagnóstico preciso y diseñar un plan de tratamiento adaptado a las necesidades de cada persona.
Fuentes consultadas ▼
- Revista Venezolana de Endocrinología y Metabolismo – El estudio de la obesidad desde diversas disciplinas. Múltiples enfoques una misma visión
- Enfermería Global – Exceso de peso y factores asociados: un estudio de base poblacional
- Revista de la Sociedad Argentina de Diabetes – La obesidad es una enfermedad

